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Madrid.

Madrid, todos dicen que corrí hacia ti porque era lo mejor, todos no saben que fue por miedo, por dolor, por angustia. Salté a tus brazos buscando consuelo en lo desconocido, en las calles con nombres sin registrar en mi memoria, en personas completamente desconocidas para la vista, e incluso de oídas.  Huí de las mil y una noches de Granada porque cada olor, cada calle, rincón o rostro, me dolían en el pecho. Porque escuchaba las voces o la risa peculiar de alguien y se me escapaba el alma por la garganta. Huí aterrorizada de los encantados jardines de la Alhambra por temor a no volver a ser yo nunca más.  Porque no quería acabar como un poeta olvidado,  muerto de neumonía un atardecer de octubre,  con una botella de vino en la mano  ante la impasible mirada de todos aquellos  que provocaron su muerte en la memoria. 
Quería recuperar esa parte de mí que aún amaba al amor, que deseaba con la mayor de las pasiones que el arte fuese más motor de vida. No quería morir en mis propias manos, quer…
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Al arte, a la vida.

De pronto estallé, y de mí salieron cuervos despavoridos tras el ruido de una escopeta de caza, que con su desdichada fortuna había herido a un majestuoso ciervo.
Y es cierto que te tuve más miedo a ti que a él. Más que a aquél que me arañó mientras sufría de pesadillas para que la falta de oxígeno fuese real. Más que a aquél que me clavó de lleno, en el corazón, las estalactitas de hielo gélido que desprendían las motas de sus verdes ojos cuando juraba que me amaba, pero... Más que a aquél que después de darte a luz cientos de veces con su piel y su nombre, su aroma y su voz, y sus labios y sus lunares, dijo que estabas vacía, que yo estaba vacía, que existíamos vacías cuando más llenas de decadencia romántica nos sentíamos. 
Más que a aquél yo te tuve miedo, y no comprendo en qué momento me tapé aturdida los oídos al escucharte pronunciar mi nombre con tu melodiosa voz, no comprendo por qué cerré los ojos asustada como si tu luz celestial fuera el rostro más tétrico y demacrado que ja…

Musa.

Nunca me perdonaré por hacerte lo que te he hecho.Por tratarte como ellos me trataron a mí. Por echarte toda la culpa de mi enfermedad cuando eres la cura de mis heridas. 
Nunca me perdonaré por abandonarte, maldecirte, repudiarte, negarme a reconocerte, por negar tu existencia y por avergonzarme de lo que, en un pasado, hice de -por- ti. 
Nunca hallaré la forma más adecuada de absolver mi pecado, de ganarme tu perdón y cariño. 
Nunca conseguiré quitarme el sabor de la calamidad de mis labios por besar a la tentación de convertirme en uno de esos monstruos. 
Nunca olvidaré que por un tiempo yo me convencí de haberte dejado de amar habiendo jurado que jamás sería así. 
Nunca me perdonaré haber intentado hacerte sentir sucia y mala bruja por todos los errores que yo cometí. 
Nunca conseguiré quitarme la pena de encima. la imagen metafórica de ti, dolida, llorando por mi insensatez y mi desvarío. 
Nunca, nunca jamás conseguiré tenerte como te tuve, y es el castigo con el que tengo que vivir.

De ese tipo.

Cuando conoces a alguien que te abre los ojos ante la oscuridad que aguarda la realidad, te acabas convirtiendo en ese tipo. Ese tipo al que le cansa el peso de su alma porque todo en esta vida duele. Ese tipo que enferma con la decadencia putrefacta de la existencia. Ese tipo que, aunque desee amar, no encontrará a alguien que le de algo de brillo a la realidad que conoce. Ese tipo que no cree en futuros ni promesas porque sabe que todo acaba siendo una decepción, que las personas son una decepción constante, que nosotros mismos somos la mayor decepción que podemos conocer.
Él me regaló flores, flores de papel, una primavera en un cuaderno hecho a mano. Me regaló la seguridad de saber que por fin encajaba al lado de otra persona. Me regaló la fuerza que poseo en lo erótico, y recuerdos llenos de arte y de conversaciones reales que empalmaban noches y días. Pero su legado final no fue más que la tristeza de convertirme en ese tipo, ese tipo de persona que se acabó decepcionando de él, …

(Sin título, sin fecha, sin porqué)

Contigo he reinventado lo reinventado, lo que ya estaba inventado y lo que no se puede inventar. Es como un capricho querer hacernos sentir que somos únicos en este planeta repleto de almas y cuerpos sin vida. Querer besarte y desear que sea el mejor beso de todos hasta el próximo por venir. Querer decirte que te amo y que el tiempo se detenga, literalmente, para mirarte a los ojos y disfrutar del silencio de la respuesta. Y aún así nos nace todo tan natural. Es como una necesidad querer dar explicación a algo que no lo tiene; que por qué te quiero, por qué me quieres, por qué nos queremos y por qué el destino nos puso cara a cara en su tablero de ajedrez. Hay tantas cosas conocidas que son totalmente nuevas a tu lado que todo es una incertidumbre; tú eres incertidumbre, yo lo soy, el amor lo es... Pero moriría por vivir atada a este vaivén por una eternidad. Una eternidad de eternidades y de invenciones, y de cosas ya existentes que sólo tienen nuevo significado si a ellas les añado …

Que seas real.

Eres imposible. No terminas tus besos, ni tus caricias, ni el sexo. No terminas tus relatos, ni tus frases, ni tus despedidas. No terminas nada, no terminas con esto, no terminas conmigo, y de ningún modo lo consigues.  Quiero que acabes con mi alma, que utilices mi corazón para apagar los cigarrillos, que agarres mi mentón y me mires de la manera más sucia posible. Quiero que me dejes en nada cuando seamos todo. Y sentirme de todo cuando me digas "ya no me queda nada". Acabar agotados, exhaustos, con arañazos y dedos en las llagas. Quiero ser toda la parte perversa de una relación; la oscuridad, el dolor, las lágrimas... Si no me dueles para qué te quiero, si no me odias de vez en cuando, para qué te deseo, si no me echas en cara todas las veces que hemos enredado lengua con lengua y arterias de corazón, para qué quiero compartir mi vida contigo.  No estoy pidiendo que me machaques y me dejes por los suelos, te estoy pidiendo que seas una persona real; que sientas, que grites…

Espejo.

Pretendías que buscara en otros esas significativas motas que me hechizaban de tu iris.
Pretendías que le rezara al cielo para que apareciese otro cuerpo como el tuyo, con las mismas marcas de vida y los mismos lunares.
Pretendías, tú, que siguiera enamorada hasta morirme de agonía, cuando sabe todo el mundo que uno recibe lo que le corresponde de esta existencia. Y a ti te ha tocado la indiferencia y el olvido.
Me dejaste en el suelo con las rodillas ensangrentadas suplicando clemencia por un perdón que no me correspondía. En mí veías un espejo; de todo aquello de lo que pecabas y carecías, a mí se me inculpaba. Sin ningún tipo de trato, me condenabas a cadena perpetua por colgarme tu monumental muerto encima. Pero aquí está tu fin; ni eres único, ni eres especial. No eres diferente de los que ya me habían roto a pedradas tiempo atrás.

Querido, no hay chispa que avive la llama  nunca más aquí dentro;  te has ganado mi glacial invierno. Y por mí, ojalá que nunca  descanses en paz.