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Querido Áyax.

[01:11 AM]

El graznido de una gaviota, fuerte, repentino, inesperado, la mejor señal en una ciudad para saber que cerca está la infinidad que une continentes; mar. Quizá no habría soportado esta noche su sonido si no fuese porque te encontré dormido a mi lado. Boca abajo, tan plácidamente, con tu espalda desnuda...
No pude evitar el pasar lista de cada uno de tus lunares, de alinearlos en una secuencia y nunca dejarlos romper filas y a mi sorpresa encontré uno más. Y cada noche querría encontrar uno más.

¿Sabes? En los días te pierdo en el puerto porque según tú ese navío no se defiende sin ti, y me hundo cada vez que te veo marchar. Mis lágrimas caen al mar, se confunden en la espuma y chocan contra los arrecifes, y sé que eso es dolor. Pero cuando cada noche veo que has vuelto a mi lado, ese olor salino, fresco, veraniego, nostálgico... Me vuelve realmente feliz.
No llego a comprender si estas contrariedades -como rocas musgosas hundidas, que tanto me recuerdan a tus ojos grises con esas chispas de verde de tono cansado- son la evidencia del afán que siento por ti.
Afán, no quiero hablar de amor, tú sabes por qué nunca he querido hablar de amor, por qué tantas veces esquivo ese fatídico tema para la moral de mi corazón... Porque amar duele, y el idolatrarte solo llena mi alma.
Pero no puedo evitar el sentirme terriblemente enamorada -lo que conlleva sentirse así solo en el dolor-, cuando ese veneno de patriotismo te incita a hacer de héroe.

Estoy describiendo en estas hojas amarillentas, donde posas muchas veces la taza de café, todos los “ahora” que vivo contigo. Quiero recordar que estuviste aquí antes de irte, quiero recordar tu espalda, tus ojos… Quiero recordar que yo estuve aquí antes de que te marcharas.
Pero ¿cuántos “ahoras” nos quedan? Quizá una docena antes de que llegue pasado mañana, y me pregunto si sobreviviré la primera noche al no encontrarte durmiendo en la cama a estas horas.

Todo esto me quita el sueño, puede que dure hasta el amanecer mirándote, tratando de no ahogar ninguno de tus lunares con mis lágrimas.

[11 : 11 PM]

Hoy no he podido esperar a no verte a media noche, y no sé si duele más adelantar ese fatídico acontecimiento, o esperar a no encontrarte.

Han pasado dos mañanas y dos noches, y tú no estás. El puerto, por muy abarrotado que parezca, se siente demasiado tranquilo… No sabes cuánto echo de menos ahora ese maldito navío al que subías cada mañana, y al pensar en esta ironía a veces lloro, y otras me río llorando. Pero el caso es que aun sigo yendo a buscarte, con el vestido ceñido, el pelo suelto, y los labios rojos como a ti te gusta y tristemente vuelvo a casa del mismo modo.

Me estoy quedando sin hojas impregnadas de tu cafeína, y escribirte, escribirme, escribirnos, pasará a ser algo más duro… Porque me estoy quedando sin recuerdos para convertirlos en  “ahoras”.

Últimamente me ha dado por pensar que si no vuelves seré como la amada que Áyax nunca tuvo, un fantasma. Un fantasma con los recuerdos de una mortal que amó a un auténtico héroe griego.
Pero no eres el héroe griego que toda mujer imagina, por eso para mí eres Áyax.
Tú no imploras ayuda mirando al cielo, solo crees en ti mismo y que el verdadero amor no surge por diosas vanidosas ni flechas cargadas de un elixir fatídico. Tú eres único, más único que el resto de hombres que te rodean, y creo que eso es lo que más temo…

Dioses ¿por qué llegué a quererte tanto?
La respuesta me da el mismo miedo que la idea de que ya no estás aquí, que te has ido a un frente a recibir balas, a cubrir con tu cuerpo los cadáveres de otros compañeros con mala suerte.
¿Por qué en mi corazón te empeñas en ser Áyax?
Ojalá entendieras que ésta no es la guerra de Troya, que no hay honor que vengar por el rapto de una cualquiera... Ojalá pudiera decirte lo que no me atreví en su momento; tienes otro corazón al que cuidar, al que proteger con tu pecho de hierro, que posees cuatro brazos, cuatro piernas, dos cabezas y dos almas. Que si tú caes, yo caigo.
Suplico que vuelvas de esa guerra entre dioses orgullosos, y que dejes que sean ellos los que peleen hasta quitarse la vida.

No, ya no quiero que te hagas el héroe, así no. Porque ahora recuerdo el triste final de esta historia. Y es que Áyax, siendo único y repudiando el poder del Olimpo, acabó suicidándose en su locura.
Por favor, vuelve antes de que sea demasiado tarde, vuelve a este imperio que en nuestra habitación te espera.
No seas otro héroe derrotado, no seas otro hombre abatido en vano. Y libra tus batallas conmigo, pero no lejos de mí.

Vuelve y deja que te diga que

Las marchas no son lo mío.
Quiero que lo sepas si te marchas.

Deja las botas negras en una esquina,
y solamente dedícate a hacerme la guerra
por las mañanas.



Comentarios

  1. Nay me encanta la forma en que has escrito el texto. Es verdaderamente precioso, de verdad.

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    Respuestas
    1. Muchísimas gracias Fany.
      Y gracias por el interés que has puesto en leerlo y comentar, eso me alegra más que nada.
      Eres amor, repito.

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