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Mostrando entradas de diciembre, 2014

Que mueras, porque ya has muerto.

En ti encontré el profundo amor
por el odio,
el significado más humano
para el infierno,
el placer en el pecado
a ciegas,
y la verdad más real
en todas tus mentiras.

En ti yo me formé
y rompí filas,
mas en ti no volverás a encontrarme.

Me amo tanto como te amé,
y como muerto has acabado en mí.

Y aquí está tu maldita lápida.
Estos dedos que antes te tocaban,
ahora escriben,
más en tinta invisible,
tu patética necrológica.


Que no descanses en paz. Amén.
<<>>


Qué tendrás, poeta maldito.

Hallelujah.
Grita mi alma cuando haces de mi cuerpo tu poesía.

Mis manos se excitan si rodean tu cuello, si recorren caminos invisibles sobre tu espalda.
Contaminarme tiene sentido si es de la nicotina que consumes, embriagarme es encontrar tu olor a la copas nocturnas de Dandelion and Burdock, por las mañanas.

Tus demonios me embaucan cuando repaso tus entre-líneas. 
El sabor de tu boca no es más pasional que el de tu tinta.


Encontrar tu figura enferma, y aparentemente vacía, mirando por la ventana, es la mejor invitación a la cama. Y pedirte, en tus madrugadas en vela, que me hagas el amor más allá que en tus notas, es como decir  <<Resuélveme este crimen, Sherlock Holmes>>
Pero lo idílicamente frustrante que tiene el morir un poco más en cada uno de tus abrir y cerrar de ojos, es que no llego a comprender cómo un maldito poeta, maldito como tú, es la ambrosía de mi ínfima existencia. 

Que el infierno que estás hecho sea mi paraíso, 
que entre tus brazos yo encuentre mi eutanasia.