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Al mundo le falta retórica.

Como de la noche a la mañana me he despertado en un mundo distinto.
He notado que algo pasaba, me he detenido y he contemplado.
La humanidad se pierde por caminos sin sentido, por callejones húmedos y malolientes sin salida.
¿Acaso es el fin del cual tantos evangelistas, incesantes llamadores de puertas, andan advirtiendo?

Me he visto rodeada de un entorno en el que las palabras ya no tienen el mismo significado que antes; la hipocresía es el nuevo deporte nacional y el cinismo es la nueva moda siempre en temporada.

Ahora enamorase se siente en la primera cita, el mismo día en el que las dos personas hacen el amor. Las cartas se han sustituido por mensajes de texto donde se acortan palabras y se va directo al grano. Ya no se utilizan metáforas, ni recursos literarios. Y si por un casual se te ocurre citar a Baudelaire, Goethe, o al gran Neruda, te miran como si hubieses acabado de escapar de un psiquiátrico.
El dolor que produce la ruptura de una relación amorosa y apasionada de varios años dura una semana, o como mucho un mes, en cuanto se encuentra a otra persona de la que enamorarse en la primera cita.
Ganarse el corazón de alguien lleva sólo un par de días, y si me apuráis, unas horas. Sólo hay que ser atractivo y tener mucha labia para simplemente soltar "eh guapa, ¿rompemos las reglas en mi cama?".
La literatura, el arte de escribir, el arte de derramar en tinta el infierno interior, ahora simplemente consiste en describir el acto sexual. Y la poesía... Con colocar en escala los refranes populares de toda la vida, basta.

Ya no se puede hablar de libros, o de las películas de siempre que evocan la nostalgia, ahora hay que saber la vida de los deportistas más actuales o de los personajes públicos sin valor alguno.

Los dioses antiguos ya no se conocen, ya no se habla de musas, ya no se habla de liras, de faraones, de poetas malditos, de mujeres talentosas y torturadas como Highsmith, de pinceladas en los más grandes cuadros idílicos del Prado, de las manos de Plutón hundiéndose en los muslos de Proserpina en la escultura de Bernini

Ya no hay romanticismo ni conocimiento en nada de lo que se hace. Ahora todo es más sencillo y asquerosamente decadente.
Ya no hay sentido de vivir si no es por una palmadita en la espalda por hacer lo que otros hicieron antes, pero infinitas veces peor.

Y esto no es un grito de esperanza porque ya no hay.

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