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M II.

Caímos en la tierra dejando, en la misma, la huella de dos arcángeles. Jugamos a ser Dios creando corazones de nieve. Se nos prohibió hablar de fuego mientras nuestras almas corrían descalzas sobre brasas ardiendo. Era imposible soñar con el mar caribeño, éramos presas de nuestro propio ártico.
Tú me incitaste con tu piel pálida, bruja oscura. Ahora comprendo el enigma que esconde tu mirada; ese iris es la buhardilla donde escondes las lágrimas de todos tus ángeles caídos. Pero todavía me surgen preguntas; para llegar a ser perfecto motivo de pecado ¿qué fue primero? ¿Abriste la caja de Pandora y de algún modo tenías que salvarte? O simplemente ¿vendiste tu alma al diablo por decorar esos labios con el típico rojo pasional?
Has dejado en mi vida tantas dudas como yo caricias en tu cabello, ese mar negro donde desearía morir ahogada. Caía a tus pies cual esclava cada vez que sonreías. Tú eras reina y yo tu sombra. Y pese a todos los valientes caballeros que dejaste sin armadura y dignidad, me escogiste a mí como motivo de tu hechicería.
He vivido obligada a escribirte y describirte, y entre maleficios y miradas cómplices me he ofrecido voluntaria a amarte.


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