Ir al contenido principal

Lobo de mar.

Cuentan que existía un marinero que pasó gran parte de su vida buscando a una sirena. Cuando al fin la encontró no cesó su lucha en hacerla suya hasta puntos inimaginables. La moldeó a su deseo y la convirtió en humana. Le habló de todo aquello que le aguardaba en tierra firme; de las personas con piernas y corazón, del aroma único de las montañas, las flores, los árboles... De todo aquello que no había tocado la sal del mar. Consiguió que la sirena viviera a su lado día y noche, como si de su sombra se tratara. Hizo que dependiera de él, tanto como él dependía de amarla por ser única. 
Las semanas se convertían en meses a ritmo de agujas de reloj. Había días en los que ella parecía como ida cuando miraba fijamente al horizonte del océano; las gaviotas volaban a ras del agua, a veces saltaba algún pez, las olas sonaban incesantes en la orilla, tanto que provocaban el silencio. En ciertos momentos cerraba los ojos y dejaba que la brisa le susurrase palabras de anhelo y amor. No había nada en el hueco de su pecho y aún así se llenaba de añoranza como si sentir le fuese permitido. Miraba los arrecifes de una forma que a él le dolía ya que su sirena nunca le había mirado de aquella manera; con esos ojos del cristal más fino y precioso, con esos ojos brillantes a punto de romper en tristeza, con esas ganas como cuando él la miraba semidesnuda. 
Era posible que su sirena hubiese aprendido a depender de él como dependía del mar, pero no sentía la necesidad de hacerlo, simplemente no podía sentir.

Era el jarrón de porcelana china más valioso que había poseído 
y pesaba un infierno por todo el agua que contenía.

Pasaron los años y la muerte quiso cobrarse el alma de aquel lobo de mar:

"Mi perla negra, mi único y gran amor. Siento haberte enjaulado en los barrotes de mi deseo y obsesión. Siento haberte condenado a caminar descalza por esta tierra ardiente. Siento haberte amado tanto y no haberte dejado ir cuando pude. He sido egoísta, he sido cobarde; el miedo me impedía dejarte ir con la marea y nunca he merecido tu interrogante alma por todo esto. Te he dado una vida miserable pese a que me rodeo de tesoros perdidos. Te he utilizado movido por mis impulsos a los que no sé si llamar sentimientos. Eres tú la que no posee corazón y parezco yo el ser más insensible de este mundano planeta. Ojalá el destino te brinde un pirata mejor que yo; que sepa contemplarte en cubierta mientras nadas, que te robe besos desde las portas, que se tire desde arrecifes por seguir tus juegos, que no tema pasar toda su vida a la deriva si puede mirarte a esos preciosos ojos. Que te ame porque eres libre en la infinidad del océano y aún así eres curiosa por todo aquello que hay más allá. Alguien que no te de caza como yo hice, simplemente alguien mejor."

A todo esto la sirena no dijo ni una sola palabra, sonrió; la imagen más preciosa para dar epitafio a una vida de puertos y magia. Ella rodeó su cuerpo con sus delicados brazos y lo elevó, lo arrastró todo un largo camino hasta la playa y allí, al fin, dijo:

"Todo esto que ves es mi pasado y mi hogar. Tú me has dado una larga vida de nuevos conocimientos y sensaciones. Tú has sido mi oportunidad, mi historia, mi destino y un nuevo significado para la palabra vida. Quizá no pueda amar, pero espero que algún día pueda mirar a una persona como tú me has mirado todos estos años, y quiero que esa persona seas tú. No estoy segura de cómo terminarán nuestras vidas, pero quiero darte las oportunidades que tú me diste... Quiero ser tu futuro."

Dando fin a su declaración lo llevó con ella hacia el agua; la sal volvía a otorgarle las raíces de las que provenía. Sin dudar lo miró a los ojos, que a punto estaban ya de apagarse, y lo besó, lo besó como nunca lo había besado, como si de ese beso dependiera también su vida.

A partir de ahí ya nadie sabe como continuar la historia. Muchos dicen que lo convirtió en tritón y vivieron juntos miles de años más. Otros que se desvanecieron en el agua y fueron espuma en la orilla. 
Y yo que le devolvió a la vida, le robó un pedazo de alma y aprendió a amarle. Y que lo ama con tanta fuerza que ya no le duele vivir en tierra, sólo le duele verlo marchar de vez en cuando y no tenerlo cerca algunas noches. Lo ama tanto que por fin puede mirarlo como él la mira y que depende de su esencia para seguir narrando historias.


Comentarios