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Homo homini lupus.

Ahí estaba la sombra que perseguía, la bestia que había arrasado y herido tanto en nuestro pueblo. Frente a mí tenía, en punto de mira, al animal que había sembrado el miedo en mi tierra, el ser que había cometido crímenes que pesaban en mi pecho. Ante mí se encontraba una vida no merecida a la que daría sepultura para así terminar con el dolor. Pero en realidad, al salir al claro de la luz de la tarde, sólo contemplé la figura de una joven salvaje. Una chica lobo.
Bajé con cuidado el cañón de mi arma y atónito me quedé observando; comía, jugaba, peleaba igual que una de esas fieras, pero juraría que era como la escultura de una especie de diosa de la naturaleza. Disfrutaba sintiendo las hojas del otoño punzar su piel pálida, su cuerpo se amoldaba a la curvatura de las rocas, se estiraba igual que un felino, tan atrayente y sensual, tan inalcanzable. Sus largas piernas hacían parecer que flotaba en el aire cuando corría veloz junto a su manada.
Guardé su existencia como un secreto inconfesable. La vigilé durante días, creo que incluso fueron semanas. Se convirtió en el motivo por el cual arriesgar mi vida adentrándome en bosques en mitad de la noche, escalando montes, cruzando bravos ríos helados. Se convirtió sin quererlo en el motivo por el cual yo supe fundirme en uno con estos paisajes que me rodean. Aprendí tanto de ella como de mí. Y sin pensarlo por un momento había llegado a amarla, a amar su espíritu, a amar su rostro y su cuerpo, a amar sus costumbres y sus manías, a amar su forma de amar a los lobos que la trataban como un canino más. Sentí tanto deseo e incertidumbre que me olvidé de todo lo que era(mos).

[Era la primera mañana de invierno. Alfa no quería salir a cazar, los cachorros no querían jugar, todos querían descansar por unas horas más en la cueva. Pero a mi me llamaba a gritos los picos nevados de las montañas, los ciervos pastando sin saber que les vigilaba, el viento cortante en mi piel y la extenuación de casi morir de frío tras correr sin cesar entre los árboles. Encontré el único claro donde llegaban los pocos rayos de luz que las grises nubes dejaban penetrar. Cerré los ojos y escuché cantar a los pájaros, la música del río más cercano, el sonido de una liebre corriendo sobre la nieve... y de golpe una pisada desconocida que quebraba una rama cerca de ahí.]

Se puso a la defensiva, por un instante pensaba que saltaría sobre mí y me arrancaría la cabeza de un mordisco. Había olvidado lo salvaje que podía llegar a ser, pero era tan mágica, tan única, tan preciosa... Agaché la mirada y me moví lentamente sin parecer una amenaza, a cada paso ella retrocedía con furia y fuego en su mirada, su rostro era tan diabólico como tentador. “No quiero hacerte daño, nunca te haría daño” dije tímido temiendo lo peor y detuve mi marcha. Poco a poco su rostro se iba tranquilizando, incluso parecía sentir curiosidad por mis palabras, ¿podría ser cierto que esa ninfa se estuviera acercando a mí?

[Nunca antes había visto un animal como él. Olía bien, reconocía el aroma de los pinos, la nieve y las hojas, y también matices de algo dulce como frutos del bosque. Era alto y parecía fuerte, más fuerte que yo. A medida que me acercaba distinguía distintos detalles en sus ojos claros. Nunca había corrido tanto riesgo ante otro animal desconocido, pero sus extremidades eran similares a las mías, su forma de caminar, sus rasgos... me recordaba a mí cada vez que me veía reflejada en el agua. Yo sabía que era un lobo, pero diferente a todos los de mi manada, diferente a cualquier otro lobo que hubiese visto, ¿podría haber encontrado la especie a la que pertenecía en realidad?]

Su piel era como porcelana, sus ojos tan claros y tan inocentes. Olía a tierra mojada, olía a lluvia. Entre los mechones de su larga melena había hojas y restos de corteza de árbol. Era la imagen perfecta de la naturaleza. Era una imagen con la que nunca había soñado y aún así estaba frente a mí. Respiré tranquilo cuando recorrió mi rostro con sus frías manos que parecían tan delicadas pese a todo. Cerré los ojos y dejé que esa hermosa sensación me invadiera. Notaba sus dedos siguiendo la línea de mi mandíbula y la de mis labios, y una extraña felicidad ardiendo en mi corazón. Extrañando su imagen le devolví la mirada y la encontré a pocos centímetros respirando bruscamente como un animal, dejando que el vapor de su aliento nublara mi vista. Sus ojos eran de un tono gris azulado, estaban hechos de invierno y de vida. Elevé mis manos con cuidado a lo que ella respondió con una reacción de sorpresa. Las acerqué a su cara, y aunque parecía rechazar mi intención fue a regañadientes porque dejó que acariciara su piel suave, dejó que recorriera cada línea de su rostro, dejó que detuviera mis dedos en sus labios; deseaba tanto poder besarla. Deseaba tantas cosas de ella que desconocía.

[Me miraba con una extraña curvatura en su boca. Parecía que se había congelado, pero también parecía que todo a nuestro alrededor se había detenido. Ya no escuchaba a los pájaros ni a los arroyos. Sentía un leve zumbido en los oídos y un extraño nerviosismo agradable por todo mi cuerpo. Este animal no me daba miedo, este animal me hacía sentir segura. Quería hacerle saber que estaba agradecida por haberle conocido y acerqué mi nariz a la suya, las dos igual de frías, pero parecían rozar perfectamente.]

Desde aquel día nos veíamos como dos enamorados (yo más de ella) a escondidas. Le leía tumbados en alguna cueva, se sorprendía con las tantas palabras de un lenguaje que desconocía y con las ilustraciones en las páginas. Pero aprendía tanto de mí como yo seguía aprendiendo de ella. Poco a poco comenzaba a reconocer la imagen de las cosas que le decía, aunque nunca reaccionaba a mis 'te quiero'. Me llevaba a sus rincones favoritos del bosque, me enseñaba a cazar con las manos, a servirme de lo que la naturaleza me ofrecía y a devolverle lo que era suyo. A raíz de dos vidas tan diferentes estábamos creando nuestro propio mundo.
Acariciar su pelo y su espalda, recorrer con la mano su columna, sus caderas... cada tentación me perdía en la locura. Aún la notaba tan lejana a mí. Quería poder escucharla decir “te necesito”, “abrázame”, “huyamos lejos de aquí, tú y yo”, todas las cosas que me mantenían ansioso en cada encuentro. Pero sabía que nunca tendría esa oportunidad, ella nunca llegaría hasta ese punto. ¿Podía amarme? ¿Qué veía cuando me miraba fijamente?
Si no hubiese bajado la guardia nunca hubiesen descubierto que cuidaba de un animal salvaje a escondidas. Nos comenzamos a ver menos, cada vez era a distancia. Ella salía de detrás de un árbol y yo de otro unos metros más allá, así comprobaba que estuviera bien. Me bastaba de ese modo aunque en contra de mi voluntad. Y un fatídico día comenzó la caza, las presas reclamadas eran los lobos. Todo el pueblo afilaba sus cuchillos y recargaba con pólvora sus armas.
Corrí como nunca en su búsqueda acercándose el atardecer.

[Ese día se notaba algo pesado en el ambiente, como si la tranquilidad de mi entorno se viera interrumpida por una masa de furia. Me sentía asustada y muy sola. Me había separado de mi manada días antes porque era necesario cambiar de territorio, pero yo quería seguir con él. Quería seguir viéndolo, quería que me hablase y que sonara a melodía aunque no entendiese la mayoría de las cosas que dijera. Quería seguir sintiendo sus cálidas manos acariciando mi rostro, y descubrir al fin qué significaba amar o felicidad, algo que parecía importarle más que nada en esta vida. Quería seguir compartiendo mi existencia con él y que me enseñase a ser el lobo que era, el majestuoso y perfecto animal que me parecía. Afortunadamente escuché su rápida respiración acercarse, corriendo hacia mí como nunca.]

La alejé de allí, si la encontraban sabía lo que pasaría. Esa imagen era una terrible pesadilla que no quería vivir. Ella era para mí y yo era para ella, por qué querían arrebatarme la única razón que me quedaba para existir. El castigo por cuidar de una bestia sería la tortura pública hasta la muerte, pero más doloroso me parecía que le arrebatasen la vida frente a mi mirada impotente. Caminábamos entre los árboles y mi mano quería desenfundar el arma. La locura me susurraba que dejásemos ese terrible mundo juntos, era la opción más sensata y menos dolorosa.

[Sentía su miedo y su rabia. Sabía que no era yo la causa, algo le estaba devorando por dentro como una enfermedad. Respiraba entrecortado, quizá en su garganta había más de un nudo. Creí haber escuchado algún sollozo y eso me hacía sentir cada vez más asustada. Tenía la sensación de que iba a desaparecer, que se iba a desvanecer ahí mismo y nunca más podría volver a tenerlo conmigo.]

Llegamos a un claro y no supe porqué respiró profundamente dejándose caer sobre la nieve. Era un ángel en todo su esplendor. La nieve se fundía bajo su piel y veía como la hundía poco a poco. Sentíamos la paz, el silencio y la tranquilidad me estaban diciendo que era el momento. Elevé mi brazo y entre lágrimas apunté a la que era la criatura más hermosa y pura que había conocido, el ser al que amaba más que a mi vida. Parecía una eternidad el momento en el que preparaba el disparo. ¿De verdad podría arrebatarla de su mundo como había hecho con otros tantos animales?

Los pensamientos confusos culminaron con completar mi falta de juicio.
En los siguientes instantes se escuchó un disparo y su grito desgarrador, 
antes de que se me cerraran los ojos la vi encima de mí llorando 
y llamándome amor.

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