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M III.

Qué se podía esperar de una joven que al mirar a los ojos sentenciaba muertes. Que señalaba con su barbilla porque con el dedo te abría las llagas. Que cortaba manos de quienes osasen arrancar sus flores, y afilaba con cariño todas sus espinas. Qué se podía esperar de un cuerpo ardiente que desprendía un aura de soledad e invierno constante.
No se podía esperar nada.
Y en ese nada se escondía la mayor inocencia existida. Un ser mágico que miraba con asombro y curiosidad cómo era amar, que gruñia arisco con las caricias y los besos. Que rehuía de la felicidad que miraba atónita la belleza de sus flores y dejaba que sus espinas la arañasen.

Ella era la encarnación de los opuestos en un jarrón de porcelana fina, pero para los ciegos sólo era una incógnita. Y es por eso que muchos cuervos le han intentado sacar los ojos, y ningún fénix ha llegado a la página de su historia para convertirla en felices cenizas y gloriosa leyenda.


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