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Espejo.

Pretendías que buscara en otros esas significativas motas que me hechizaban de tu iris.
Pretendías que le rezara al cielo para que apareciese otro cuerpo como el tuyo, con las mismas marcas de vida y los mismos lunares.
Pretendías, tú, que siguiera enamorada hasta morirme de agonía, cuando sabe todo el mundo que uno recibe lo que le corresponde de esta existencia. Y a ti te ha tocado la indiferencia y el olvido.
Me dejaste en el suelo con las rodillas ensangrentadas suplicando clemencia por un perdón que no me correspondía. En mí veías un espejo; de todo aquello de lo que pecabas y carecías, a mí se me inculpaba. Sin ningún tipo de trato, me condenabas a cadena perpetua por colgarme tu monumental muerto encima. Pero aquí está tu fin; ni eres único, ni eres especial. No eres diferente de los que ya me habían roto a pedradas tiempo atrás.

Querido, no hay chispa que avive la llama 
nunca más aquí dentro; 
te has ganado mi glacial invierno.
Y por mí, ojalá que nunca 
descanses en paz.

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